La culpa siempre es de la comunicación
Cómo una pregunta incómoda en mi primer día de universidad me trajo hasta aquí o por qué las organizaciones necesitan dejar de buscar culpables para empezar a buscar su verdad.
Hay una frase que, si llevas más de quince años en este oficio, terminas por escuchar casi como un mantra: “Ha sido un problema de comunicación”.
Da igual si hablamos de un partido político que se desploma en las encuestas, de una multinacional que sufre un boicot en redes o de un personaje público atrapado en sus propias declaraciones. Cuando las cosas salen mal, la primera cabeza que rueda en el imaginario colectivo, y a menudo en los despachos, es la del mensajero.
Ese post de Instagram que salió en un momento crítico y fuera de contexto. Esa nota de prensa que llegó tarde porque (supuestamente) el comunicador no apretó el botón de enviar. O ese mensaje que quizás no se explicó del todo bien…
Y a mí, se me escapa una sonrisa cada vez que lo oigo.
Por pura deformación profesional: me fascina ver cómo se simplifica la complejidad. Pero, sobre todo, porque en el fondo, esa tendencia casi obsesiva de echarle la culpa a la comunicación demuestra el poder descomunal, y a menudo incomprendido o desconocido, que tiene lo que hacemos.
Hoy, sin embargo, no os escribo desde la barrera del análisis abstracto. Hoy os escribo con las manos en la masa. Hoy la comunicación tiene la culpa de algo estrictamente personal: tiene la culpa de que hoy lance mi propio proyecto, La Pedrol. Y tiene la culpa, también, de que me dedique a esto.
El día que no quisimos ser comunicadores
Emprender te obliga inevitablemente a mirar atrás, a buscar el hilo invisible que une el punto donde estás con el punto donde empezó todo. En mi caso, ese hilo me devuelve a mi primer día en la facultad de Periodismo de la UAB.
Entramos en el aula con la ilusión de los dieciocho años, soñando con pisar corresponsalías de guerra, firmar crónicas o presentar el informativo de la noche. Éramos aspirantes a periodistas puros. De repente, una profesora rompió el hielo con una pregunta que nos pilló con el paso cambiado:
¿Quién de vosotros quiere ser comunicador?
Silencio sepulcral. Nos miramos de reojo, con incredulidad ¿Comunicador? Sonaba abstracto, corporativo, aburrido. Solo un chico, un valiente en un mar de futuros reporteros, alzó la mano.
Aquella escena se me quedó grabada a fuego. Hoy entiendo por qué: porque ser comunicador es dar sentido. Es la explicación de una explicación. Consiste en construir puentes donde el ruido ha creado abismos. Consiste en descifrar la complejidad del mundo y de las organizaciones para encontrar su verdad.
Detrás del “error de comunicación”
Por eso me resulta tan interesante cuando las organizaciones se escudan en el eterno “error de comunicación”. Culpar al botón de enviar es el camino fácil. Es el analgésico rápido que evita tener que mirarse al espejo.
Cuando una crisis estalla o un mensaje no conecta, casi nunca es un problema táctico de la última pantalla (aunque no negaré haber usado este argumento en alguna de las crisis que he gestionado…). Suele ser un problema de raíz. Es el síntoma de que la organización se ha desconectado de su esencia, de que está intentando proyectar una identidad que quizás no le corresponde, o de que el pánico a mostrarse vulnerable la ha vuelto fría y predecible.
Vivimos en un entorno saturado de ruido donde todo el mundo grita para no decir nada. Las marcas se han obsesionado tanto con controlar el relato, con no pisar ningún charco y con parecer perfectas, que han olvidado cómo sonar humanas. Han olvidado su legado, sus arrugas, lo que las hace genuinas.
Y ahí es donde creo que las organizaciones deben dar un paso más allá. Tienen que hacer un ejercicio de introspección radical. Sí, por supuesto que a veces los comunicadores nos equivocamos. Pero el verdadero error no es fallar en la ejecución: el verdadero error es no saber quién eres antes de empezar a hablar.
Volver a la esencia
Si la comunicación tiene la culpa de que hoy esté aquí, es porque sigo creyendo en su poder transformador cuando se ejerce desde la honestidad y la estrategia de autor. No desde las plantillas repetitivas, sino desde la artesanía, el pensamiento crítico y la proximidad.
Tras quince años gestionando crisis complejas, protegiendo intangibles y asesorando a la alta dirección, he aprendido que, en el mercado actual, lo genuino es el nuevo lujo. Que la vulnerabilidad bien entendida no debilita a una marca, sino que la conecta con su audiencia de una manera que ningún algoritmo puede replicar.
Por eso nace La Pedrol. Como una boutique donde reivindicar el pensamiento como un acto radical. Para ayudar a las empresas a encontrar su voz auténtica y a entender que, en un mundo volátil, la mejor armadura es la propia identidad.
Al final, resulta que la culpa sí que era de la comunicación. De su capacidad para movernos por dentro, para obligarnos a reflexionar y, en mi caso, para empujarme a dar el salto más importante de mi carrera.
Bienvenidos a este espacio. Si os parece bien, a partir de ahora, seguiremos echándole la culpa a la comunicación juntos. Pero siempre para llegar al fondo de las cosas.
Como me gusta decir: Si es verdad, conecta. Si conecta, perdura.


